Lenguaje inclusivo: maquillaje liberal que no sustituye la lucha de clases

El llamado lenguaje inclusivo son un conjunto de estrategias para evitar el masculino genérico y visibilizar a mujeres y otras identidades en la comunicación pública. No se reduce al “todes” o a la “@”: incluye sustituciones léxicas neutras, desdoblamientos necesarios y giros sintácticos usados en manuales de organismos internacionales (ONU Mujeres, ONU, UNESCO) y Estados nacionales. No es una reforma mágica de la realidad social; es, en el mejor de los casos, una pauta de redacción con sensibilidad de género.

En Perú, el propio Estado ha publicado guías—primero en 2017 y ahora en 2025 (RM 125-2025-MIMP)—para promover su uso en la administración. La guía vigente recuerda que “el uso del lenguaje inclusivo no implica el desdoblamiento obligatorio” y ofrece alternativas de economía expresiva compatibles con la gramática. Esto es política de escritura institucional, no transformación estructural.

Gramática no es parlamento: la RAE y las guías internacionales

La RAE lleva años cuestionando imposiciones del inclusivo. En 2012, el informe “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer” criticó guías que fuerzan usos ajenos al sistema del español. En febrero de 2024, la RAE volvió a pronunciarse contra recomendaciones oficiales que pretenden normar por decreto la expresión en el Congreso: “no se conquista la igualdad con la gramática”. Quien confunde legislación con sintaxis, legisla mal y escribe peor.

El caso del pronombre “elle” lo ilustra: la RAE lo incluyó en su Observatorio de Palabras (una vitrina de usos, no el diccionario) y lo retiró días después por “confusiones” sobre su alcance normativo. No hubo “veto metafísico”: hubo aclaración institucional sobre qué hace—y qué no hace—la Academia. Menos histeria y más lectura fina.

Lo que sí importa a la izquierda: lengua, clase y poder material

Desde el marxismo-leninismo serio, la lengua no es “superestructura” al estilo de la política o el derecho. Stalin lo dejó nítido: a la pregunta “¿es cierto que la lengua es una superestructura de la base?”, responde “No, no es cierto”; la lengua es instrumento social general, que trasciende formaciones y clases. Conclusión política: no cambias las relaciones de explotación decretando morfemas; cambias la lengua cuando cambias la vida de las masas.

Y ojo: reconocer que la lengua no es superestructura no implica neutralidad eterna. Significa que el núcleo de la transformación no está en la inflexión o el desdoblamiento, sino en la praxis que reorganiza la producción, el Estado y la cultura. La propia reflexión de Stalin sobre gramática y vocabulario —reglas abstractas que permiten dar forma a pensamientos— subraya que la lengua sirve a la política, no la sustituye. Cambiar el mundo no es cambiar etiquetas, es conquistar poder.

¿Funciona para algo? Sí… pero no para lo que promete el liberalismo

La investigación empírica muestra que el masculino genérico puede sesgar la imaginación hacia referentes varones; hay estudios experimentales y de cuestionarios que detectan ambigüedad o preferencia masculina salvo cuando el contexto arrastra estereotipos femeninos. Es decir: el lenguaje puede afectar percepciones inmediatas, no abolir desigualdad material. Confundir efectos cognitivos con emancipación es la trampa.

Las guías internacionales (ONU, UNESCO, ACNUR, UNODC) proponen estrategias razonables para escribir sin sesgos. Úsalas en comunicaciones públicas y educación, sin fetichizarlas como si fueran revolución. La izquierda puede adoptar estas prácticas como cortesía política y herramienta pedagógica, mientras concentra su fuerza en salario, tierra, cuidados, justicia y vivienda. Porque los géneros se visibilitan, pero las clases se organizan.

La distracción perfecta: derechas que censuran, progresismo que moraliza

Las derechas han hecho del tema un circo de censura y cultura de guerra. Argentina (febrero de 2024) prohibió el inclusivo y “la perspectiva de género” en la administración nacional. Es el manual del shock cultural: hablar de letras para no hablar de ajuste, hambre y privatización. No caigamos en su cancha: ni censura estatal ni culto gramatical; programa de clase y organización de masas.

Lukács desenmascaró hace un siglo la “separación de esferas” que inmoviliza a la clase: cuando la crítica se reduce a una parte—a un gesto simbólico, a la retórica—se queda en negación parcial, víctima de la cosificación. Traducido al presente: si la izquierda se limita a pelear pronombres, deja intacto el mecanismo de explotación. La lengua se transforma con la vida social, no al revés.

¿Qué hacer? Pedagogía paciente, hegemonía popular, poder obrero

Nuestra táctica exige explicar pacientemente, disputar sentido sin romper con el pueblo, y convertir la experiencia de las masas en consciencia organizada. Con la vanguardia sola es imposible triunfar: la transformación requiere que las mayorías vivan en carne propia la política de emancipación, no sermones lingüísticos. Esa es la ley de toda gran revolución.

Conclusión: menos fetiche, más poder

El inclusivo puede ser una herramienta útil de cortesía y visibilización, pero no es política de clase. La explotación capitalista no cae con morfemas; cae con poder popular, propiedad social y democracia obrera. Usemos el lenguaje para unir y conscientizar, no para dividir ni moralizar. El enemigo es el capital, no la gramática. Y la única gramática que nos interesa es la del poder conquistado por las mayorías.

Redacción Izquierda

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