En el Perú y en el mundo, la producción de alimentos está dominada cada vez más por el agronegocio corporativo, un modelo extractivista que no cultiva para alimentar, sino para exportar y lucrar que atenta contra nuestra soberanía. Monocultivos extensivos, uso masivo de agrotóxicos, explotación laboral y acaparamiento de tierras son las señas de identidad de este sistema, que destruye ecosistemas, expulsa comunidades y deja al pueblo en manos de las importaciones.
Frente a este modelo, la soberanía alimentaria se levanta como una bandera de lucha: el derecho de los pueblos a decidir qué, cómo y para quién producir alimentos, priorizando el consumo local, la agricultura campesina y la protección del medio ambiente. No es una propuesta técnica, es un proyecto político para recuperar el control sobre nuestra comida y nuestro territorio.
El agronegocio: concentración y dependencia
Las grandes corporaciones del agronegocio —productoras de soya, palma, caña, uva o espárrago para exportación— concentran miles de hectáreas en pocas manos y desplazan cultivos tradicionales destinados al consumo interno.
Este modelo:
- Depreda el agua y la tierra, dejando a las comunidades sin recursos para subsistir.
- Introduce semillas transgénicas controladas por multinacionales, rompiendo la autonomía de los productores.
- Prioriza mercados externos, generando escasez y encarecimiento de alimentos básicos en el país.
La consecuencia directa es que un país rico en biodiversidad como el Perú importa trigo, maíz y lácteos, mientras exporta cultivos de lujo que la mayoría de la población nunca consume.
Agro familiar: el corazón de la soberanía alimentaria
En contraste, la agricultura familiar y campesina produce la mayor parte de los alimentos que consumimos diariamente: papa, maíz, hortalizas, frutas, tubérculos, granos andinos. Lo hace con menos tierra, menos insumos químicos y más diversidad de cultivos, manteniendo saberes ancestrales que han garantizado nuestra supervivencia por siglos.
El agro familiar no solo alimenta: cuida la tierra, preserva la biodiversidad y fortalece la economía local. Sin embargo, el Estado neoliberal lo margina, negándole crédito, infraestructura, mercados justos y políticas de protección frente a la competencia desleal del agronegocio.
Soberanía alimentaria vs. seguridad alimentaria: no es lo mismo
La élite y sus organismos internacionales hablan de “seguridad alimentaria” para aparentar compromiso con el hambre, pero su definición no cuestiona quién controla la producción. Puedes tener “seguridad alimentaria” comiendo importaciones de baja calidad o transgénicos, siempre y cuando haya disponibilidad física de alimentos.
La soberanía alimentaria, en cambio, coloca el poder en manos del pueblo productor y consumidor, rompiendo la dependencia de mercados externos y de corporaciones. Es el único camino para garantizar que la comida no sea rehén del comercio internacional ni de las fluctuaciones de precios globales.
Políticas para un modelo al servicio del pueblo
Un plan de soberanía alimentaria en el Perú debe incluir:
- Reforma agraria integral, recuperando y redistribuyendo tierras acaparadas por el agronegocio.
- Protección de semillas nativas y prohibición de transgénicos y patentes corporativas.
- Crédito y asistencia técnica para pequeños productores, con énfasis en mujeres campesinas.
- Mercados locales y compras públicas para que la producción campesina alimente escuelas, hospitales y comedores populares.
- Gestión comunitaria del agua, priorizando el consumo humano y agrícola local frente a la agroexportación.
La lucha es por la tierra y por el futuro
El conflicto entre agro familiar y agronegocio no es solo técnico o económico: es una lucha de clases en el campo. De un lado, corporaciones que ven la tierra como mercancía y la comida como fuente de lucro; del otro, pueblos que entienden la agricultura como sustento de vida y cultura.
El marxismo-leninismo enseña que quien controla la tierra y la producción controla la sociedad. Por eso, sin recuperar el poder sobre nuestro sistema alimentario, cualquier promesa de desarrollo será falsa.
Conclusión: sin soberanía alimentaria no hay independencia nacional
Un país que no decide lo que come no es un país soberano. La soberanía alimentaria es una condición para la independencia política y económica. No se logrará de la mano del agronegocio depredador ni del libre mercado, sino fortaleciendo la agricultura familiar, la economía campesina y el control popular sobre la tierra.


