La noche ha caído sobre la cordillera. La victoria electoral de José Antonio Kast en la segunda vuelta presidencial no es simplemente la alternancia democrática que pregonan los noticieros corporativos; es la restauración plena del pinochetismo, esta vez legitimado por las urnas. La oligarquía chilena, temerosa aún de los fantasmas de la revuelta de 2019, ha decidido quitarse la careta «democrática» para entronizar a su guardián más fiel. Chile entra en una etapa de resistencia oscura, donde el neoliberalismo se armará hasta los dientes para defender sus privilegios.
La bancarrota del progresismo y la lección de Lenin
Para los marxistas, este resultado no es una sorpresa, sino una consecuencia lógica. ¿Cómo un admirador confeso de la dictadura llega al poder pocos años después del mayor estallido social de la historia reciente? La respuesta está en la traición del reformismo.
El gobierno saliente de Gabriel Boric y la «centro-izquierda» confirmaron la tesis de Lenin sobre el papel de la socialdemocracia: actuar como el «vagón de cola» de la burguesía. Al desmovilizar la calle, firmar acuerdos de paz con la derecha y militarizar el Wallmapu (territorio mapuche) tal como lo exigían los dueños de las forestales, el progresismo le pavimentó el camino al fascismo. La clase trabajadora, desencantada por promesas incumplidas y una economía estancada, no vio en el «mal menor» una solución real. El vacío dejado por una izquierda que renunció a la lucha de clases fue llenado por la demagogia autoritaria de Kast.
Mariátegui y el fascismo criollo
El fenómeno Kast encaja perfectamente en el análisis que José Carlos Mariátegui hacía sobre la reacción en América Latina. No estamos ante un fascismo europeo clásico, sino ante un fascismo colonial y gamonal.
La base de apoyo de Kast no es solo la gran burguesía de «Las tres comunas» (Las Condes, Vitacura, Lo Barnechea), sino también sectores medios y populares alienados por el discurso del miedo. Kast ha explotado hábilmente la crisis migratoria y la inseguridad —creadas por el mismo sistema capitalista— para vender «orden». Pero su orden es el orden de la hacienda: el patrón manda, el peón obedece y el disidente es aniquilado. Su programa económico promete profundizar el modelo extractivista, privatizar lo poco que queda de Codelco y retroceder décadas en derechos reproductivos de la mujer.
Wallmapu: El laboratorio de la represión
Si algo podemos prever con certeza matemática, es que la violencia estatal se intensificará brutalmente en el sur. Para Kast y el Partido Republicano, la reivindicación territorial mapuche es mero «terrorismo».
Bajo la nueva administración, la contradicción tierra-capital se resolverá a sangre y fuego. Las leyes de excepción, que ya eran norma, se convertirán en una ocupación militar permanente para proteger los intereses de las madereras transnacionales. Aquí es donde la teoría de Mao Tse-tung sobre la guerra popular cobra vigencia: ante un Estado que cierra todas las vías democráticas, la resistencia de las comunidades no es una opción, es una necesidad de supervivencia.
¿Qué hacer ahora? Organizar la rabia
La victoria de la ultraderecha en Chile es una alerta roja para toda la región, incluido el Perú. Demuestra que no se puede derrotar al fascismo jugando con las reglas de la democracia burguesa.
No es tiempo de lamentos ni de análisis derrotistas de café. Como nos enseñó la historia, a Pinochet no lo sacó el plebiscito, lo sacó la lucha incesante de un pueblo que perdió el miedo. Ahora, con Kast en La Moneda, la tarea de la izquierda revolucionaria chilena (y latinoamericana) es volver a las bases, reconstruir el tejido social destruido por el neoliberalismo y preparar la resistencia.
El gobierno de Kast será duro, sí, pero también será inestable. Es un gigante con pies de barro, sostenido por el odio y la especulación financiera. La historia no termina en una urna. La lucha continúa en la calle, en la fábrica y en la asamblea popular.


