Gaza: los tanques avanzan y la propaganda intenta tapar el hambre

El amanecer en Gaza y en general Palestina ya no es un cielo: es ruido metálico, columnas de polvo y calles desfondadas. Hoy, los tanques israelíes empujaron más adentro de Ciudad de Gaza, mientras la aviación castiga barrios densos y “zonas seguras” que no salvan a nadie. El parte de guerra es brutal: decenas de muertos más y una cifra acumulada que supera las 65 mil personas palestinas asesinadas, un conteo que ya no cabe en titulares y que debería hacer temblar a cualquier conciencia. Pero no tiembla el régimen colonial. Ni su retaguardia imperial.

La escena se repite en los hospitales que siguen en pie: pasillos colapsados, niños en camillas improvisadas, madres con sueros a media carga. El personal sanitario —que lleva meses sosteniendo lo imposible— dice “estamos al límite” y no es una metáfora: faltan antibióticos, oxígeno, combustible; sobran fracturas abiertas, infecciones, traumas. La vida se vuelve un racionamiento y la muerte un trámite administrativo en listas que nadie puede completar. Esto es una catástrofe sanitaria producida por la guerra, no un desastre natural.

La cobertura diplomática del crimen

En Nueva York, rodeado de cámaras y alfombras, la superpotencia intenta narrar otra película. Washington presume “conversaciones de paz” mientras sostiene el asedio con la otra mano. En el Consejo de Seguridad, EE. UU. volvió a bloquear resoluciones por un alto el fuego inmediato y la liberación de rehenes, aislándose frente a un consenso global que clama por parar la matanza. Es el viejo libreto: discurso de moderación hacia afuera, veto hacia adentro, armas en la práctica. Sin esa cobertura, el asedio se caería.

No es solo veto: son contratos. En plena ofensiva y con Gaza bajo fuego, Washington acelera nuevas ventas por miles de millones de dólares y expedita entregas pendientes. Negocio redondo del complejo militar-industrial, que convierte cuerpos en líneas de balance. La política exterior se escribe con piezas de repuesto y fuselajes. Quien niegue esto, miente.

Hambre, sed y hospitales fantasmas

El lenguaje burocrático habla de “inseguridad alimentaria” y “restricciones logísticas”. Traduzcamos con honestidad: hambre y sed programadas. La mitad de las instalaciones de agua y saneamiento están fuera de servicio y los corredores humanitarios se encienden y apagan como un interruptor político. El mapa de la ayuda se dibuja con bloqueos, no con puentes. No es un accidente: es parte de la arquitectura del asedio.

Las actualizaciones humanitarias son un espejo de la devastación: centros de tratamiento cerrados, niños sin seguimiento médico, hospitales que tardarían meses en reactivarse. A cada anuncio de “apertura” le sigue un bombardeo, a cada “pausa” un nuevo desplazamiento forzado. El tiempo de las máquinas de guerra corre más rápido que el de las ambulancias. Eso es lo que llaman “proporcionalidad”.

La verdad incómoda que intentan tapar

Mientras Reuters registra la profundidad del avance acorazado y The Guardian documenta la agonía hospitalaria, la maquinaria comunicacional intenta dos trucos: culpar a la víctima y vaciar la palabra “paz”. Paz no es silencio del oprimido, ni es un canje de cadáveres por contratos de armas. Paz es justicia, y justicia aquí significa cese al fuego permanente, fin del bloqueo, retorno de desplazados, investigación y sanción por crímenes de guerra. Cualquier narrativa que omita estos mínimos es propaganda.

Quienes aún preguntan “¿por qué no se entrega Hamas y se acaba todo?” ignoran —o deciden ignorar— que la estructura del conflicto es colonial: ocupación, apartheid, anexión de tierras y negación sistemática de un pueblo. No hay neutralidad posible entre un ejército que opera con impunidad y una población cercada. El marco es el imperialismo; los nombres de los ministros cambian, la lógica del poder no.

Voces, lágrimas y la política que importa

En los campamentos improvisados se repiten los listados escritos a mano: quién falta, quién apareció, quién alcanzó a cruzar cuando abrieron una ruta por 48 horas. La esperanza se volvió aritmética del día a día: hoy comemos, hoy encontramos agua, hoy un médico nos ve. La épica aquí es sobrevivir. Ese humanismo de base —solidaridad entre familias, cuidados comunitarios, brigadas espontáneas— es lo que el bombardeo no puede destruir.

Afuera, en universidades y sindicatos, crece la impaciencia. Se comprende: no bastan comunicados tibios. Hace falta presión real: boicot, desinversión y sanciones; embargo de armas; ruptura de complicidades. Cada contrato que se cae, cada puerto que no carga, cada institución que corta vínculos, es un paso concreto para desarmar la cadena de la guerra. Esto no es un eslogan: es estrategia material.

Solo la izquierda tiene la respuesta

Digámoslo sin miedo: solo la izquierda tiene la respuesta. Porque nombra al enemigo —el imperialismo y su red de empresas, bancos y medios— y porque no relativiza el colonialismo. La derecha ofrece seguridad para los de arriba y miseria disciplinada para los de abajo; el “centro” ofrece eufemismos que perpetúan la barbarie. La izquierda propone un horizonte claro: alto el fuego permanente, fin del asedio, derecho al retorno, Palestina libre y soberana, y juicio a responsables con nombres y apellidos. Sin eso, no habrá paz, solo pausa entre masacres.

Esta posición no nace de romanticismos sino de análisis materialista: si el flujo de armas y dinero continúa, la correlación de fuerzas seguirá premiando al agresor. Si, en cambio, se rompen los engranajes —veto a contratos, sanciones reales, aislamiento diplomático efectivo— el costo político y económico del apartheid se vuelve insoportable. La solidaridad internacionalista no es caridad: es una palanca de poder.

Conclusiones

Aquí y ahora, la tarea es doblar la apuesta organizativa: comités de solidaridad en centros de trabajo y estudio, cajas de resistencia, campañas permanentes de BDS, brigadas informativas que desmonten la propaganda. No hay que pedir permiso para estar del lado de la vida. Cada sindicato que aprueba una moción de embargo, cada universidad que corta convenios, cada ciudad que declara boicot, abre una grieta en la coraza del colonialismo.

Mañana, cuando quieran contarnos que “todo terminó” tras alguna negociación sin dientes, habrá que recordar los hospitales vaciados, los barrios arrasados, los nombres de los niños. La memoria no es un museo: es un programa de lucha. No habrá reconciliación sin justicia, y justicia significa reparación, restitución de derechos y fin del régimen de apartheid.

Redacción Izquierda

Canal de YouTube

Suscríbete a nuestro canal para análisis en profundidad y noticias de última hora

Tendencias

Periódico La Izquierda

Recibe noticias y análisis políticos directamente en tu correo.

Compartir: